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viernes, 29 de agosto de 2025

La dama de Yeste

Bajo el cielo implacable de la frontera, en la tierra áspera y disputada de Yeste, el castillo de Don Jaime se alzaba como un bastión crucial entre el reino cristiano de Castilla y el amenazante reino nazarí de Granada. A unos diez kilómetros al oeste, la imponente silueta del Torreón de Moropeche vigilaba el valle, una atalaya avanzada de la cristiandad. En la más alta torre del castillo, la joven Isabela, heredera de un linaje noble leal a Castilla, languidecía como prisionera de Don Jaime,  un señor feudal ambicioso cuyas lealtades fluctuaban entre la corona cristiana y el oro de Granada, según soplara el viento.

Su cautiverio no era solo personal, sino un símbolo de la corrupta y volátil política de la frontera. Y fue este acto de traición lo que encendió la llama de la acción en dos de los más formidables defensores de la marca.

Don Rodrigo de la Roca, “El Martillo de la Frontera”, era un veterano de mil escaramuzas contra las razzias nazaríes. Su fe era férrea, su valor legendario y su lealtad, inquebrantable hacia la verdadera corona de Castilla. Para él, liberar a Isabela era un acto de fe y de deber, tan claro como empuñar su espada. Su plan era simple: asaltar la torre.

Frente a él, Don Felipe del Alba, “El Zorro”, era un hombre de estrategia y recursos. Conocía cada sendero, cada emboscada y cada espía en cincuenta leguas a la redonda. Sabía que la fuerza bruta de Rodrigo alertaría a todas las guarniciones y podría provocar incluso una respuesta no deseada desde Granada. Su plan era el subterfugio. Había oído leyendas sobre un antiguo acueducto moro que, desde las aguas termales de Tus —un lugar de aguas sulfurosas y vapores curativos a los pies de Moropeche—, llevaba agua hasta los baños privados del propio castillo. Una ruta invisible y olvidada.

La rivalidad entre el valor temerario y la astucia calculadora se resolvió no por romance, sino por pragmatismo de guerra. En una ermita abandonada, pactaron una tregua: la fuerza de Rodrigo distraería a la guardia en las murallas, mientras la inteligencia de Felipe explotaba el paso subterráneo.

Al caer la noche, Rodrigo y un puñado de hombres leales simularon un asalto a la puerta principal, clamando el nombre del rey de Castilla. El caos se apoderó del patio de armas. Mientras, Felipe, guiado por mapas antiguos, se sumergió en las cálidas y vaporosas aguas termales de Tus, encontrando la rejilla oxidada del conducto. Avanzó a oscuras por el túnel, saliendo sigilosamente a los sótanos del castillo.

Isabela, lejos de ser una damisela asustada, los esperaba. Había usado su cautiverio para oír, aprender y entender las debilidades de Don Jaime. "Su guardia personal es leal solo a su bolsa," susurró al ver a Felipe. "Los demás dudan."

Pero Don Jaime, alertado, les cortó el paso en la sala del trono. "¿La espada de Castilla y la rata de sus cloacas?" Escupió, blandiendo su cimitarra. "¡El emir de Granada pagará bien por vuestras cabezas!"

La batalla fue breve pero feroz. Rodrigo, con su pesada armadura y estilo cristiano, bloqueó los golpes mortales. Felipe, ágil y con una daga, se movió para encontrar los puntos débiles de la cota de malla del tirano. Juntos, como la espada y el escudo de la Reconquista, lo derribaron.

Antes de que pudieran respirar, el retumbar de caballos acorazados resonó en el patio. No eran refuerzos de Granada, sino una columna de jinetes con capuces blancos sobre sus armaduras y la cruz florada de Calatrava en sus pectorales. La Orden de Calatrava, guardianes supremos de aquella frontera, había sido alertada por los rumores de la traición de D
on Jaime y se dirigía al Torreón de Moropeche para asegurarlo. El humo y el ruido de la batalla los habían desviado a Yeste.

El Maestre de la Orden, un hombre severo, de mirada penetrante, contempló la escena: el tirano derrotado y la legítima heredera Isabela, de pie, empuñando la espada del traidor. No hubo duda. Los caballeros desenvainaron sus espadas y las alzaron frente a ella, un gesto de reconocimiento y lealtad. La frontera necesitaba un líder fuerte y legítimo.

Isabela, con la autoridad renacida, alzó la voz. "Caballeros de Calatrava. Vuestra llegada es providencial. Este castillo y el Torreón de Moropeche vuelven al redil de Castilla. Que desde hoy, estas tierras no se rijan por la traición, sino por el honor."

Así, la leyenda de Isabela de Yeste comenzó. No como una dama rescatada, sino como la Señora de la Frontera, que gobernó con el consejo de sus dos caballeros y la espada fiel de la Orden de Calatrava, asegurando la marca contra el reino de Granada desde las almenas de Yeste y la atalaya de Moropeche, siempre vigilante.


jueves, 28 de agosto de 2025

Las manos de mi abuelo

                                                    LAS MANOS DE MI ABUELO 
El recuerdo de mi abuelo es como un daguerrotipo desvaído en la mente: borroso en sus contornos, pero nítido en su dolorosa esencia. Vagamente, en el álbum de mi memoria, se imprime la escena final de su drama. Lo veo sentado en su cama, un lecho antiguo que crujía bajo el peso de sus penas. Su rostro, un mapa de surcos labrados por el sol y el llanto, estaba frente hacia una ventana por la que ya no podía ver. Mi visita, la de un niño torpe que no entendía de pérdidas irrevocables, fue la gota que colmó un dique que ya se resquebrajaba. Y lloró. Lloró con una amargura silenciosa y profunda que heló el aire de la habitación.

Eso sí, lo recuerdo con una claridad absoluta: sus manos. Esas manos que reposaban inertes sobre la colcha de su cama. En su día fueron herramientas de hierro, encallecidas y agrietadas por el yugo, la hoz y el frío del amanecer. Eran las manos de un jornalero, de un hombre de campo que conversaba con la tierra porque a menudo le faltaban palabras para los hombres. Pero aquella mañana, las sentí tan suaves como la seda, una textura fantasma de una fortaleza ya extinta. Para mí, siendo un niño, habían sido enormes, capaces de envolver las mías por completo y de arrancar de cuajo cualquier malestar con un solo caramelo arrugado sacado del bolsillo del pantalón. Esas manos se convirtieron en el recuerdo perpetuo, el testamento tangible que mi abuelo me legó.

Me contaron que nació en el seno de una familia de labradores, donde la tierra no daba riqueza, sino sustento escaso. Él era el pequeño de dos hermanos. El mayor, con la esperanza por bandera, cruzó el océano y marchó a Brasil con su joven esposa, buscando un futuro que su tierra natal les negaba. Mi abuelo se quedó. Echó raíces tan profundas como las de la vid que cultivaba, atado a un destino de sudor y soledad.

Fue un hombre forjado en la austeridad, pero al que la vida no se conformó con probar con penurias materiales. Le fue arrancando uno tras otro, con cruel metódica, a sus hijos. Cada funeral fue una temporada de barbecho forzoso en su alma, un pedazo de su corazón que se secaba y moría. El último puñal, el definitivo, fue mi madre. Su hija. Ese fue el golpe del que ya no pudo levantarse. El mundo se le quedó a oscuras, primero metafóricamente y después, con los años, de manera literal.

Mis visitas de niño me imponían. Aquella casa, antes llena de olores a caldo y tierra mojada, olía a silencio y a resignación. Me impresionaba sobremanera cómo sus ojos, secos y ya sin vista, podían encontrar aún un manantial tan profundo de lágrimas. Al sentirme llegar, sus brazos se alzaban, un mecanismo preciso de amor, y me atraían hacia sí con una fuerza que desmentía su fragilidad. Nos abrazaba, a ese niño fruto de su hija, y en un susurro ronco calmaba al cielo, agradeciendo que al menos le hubieran dejado un pedazo de ella en mí. Era su ritual, su plegaria y su queja.

Toda una vida dura, un camino pedregoso que compartió con mi abuela, una mujer de temple silencioso que tuvo que sufrir a la par que él, cargando su propio dolor en un segundo plano, sosteniéndolo en la oscuridad.

Ahora, años después, siempre me queda su recuerdo. Su cariño, áspero y auténtico como la corteza de un olivo. Y en mi mente, el tacto de sus suaves manos. A veces, en los momentos de quietud, cierro los ojos y siento que las mías se entrelazan con las suyas, que su fortaleza calmada y su infinita ternura aprietan las mías en un gesto que trasciende el tiempo. Es entonces cuando sé que su legado no fue el dolor, sino la resistencia serena del amor, impresa para siempre en la suave memoria de la suavidad de sus manos.

lunes, 25 de agosto de 2025

El tranvia de Lisboa

"O elétrico

El alma de Lisboa tiene un sonido particular: el chirrido metálico y silbante de sus elétricos. Para mí, ningún viaje a la ciudad está completo sin rendirle pleitesía, subiéndome a uno de estos carruajes amarillos que serpentean por la capital como reliquias alegres y testarudas.

Hoy, con un olor a café recién hecho y a pasta de hojaldre de pastel aún impregnado en el paladar, me acomodo en un banco de madera del tranvía 28. El vehículo cruje y se queja, anunciando su partida con un campanilleo que es pura nostalgia. Por la ventana abierta, el paisaje urbano comienza a desfilar: las fachadas decadentes de colores desvaídos, la ropa tendida como banderas de vida cotidiana y, de fondo, la imponente silueta del puente 25 de Abril, que en un guiño transatlántico me hace evocar inevitablemente a San Francisco.

Pero es al adentrarnos en las entrañas de Alfama cuando el paseo se transforma en proeza. El tranvía, con un gruñido de esfuerzo, se enfrenta a una cuesta empinada y empedrada que parece desafiar toda ley de la física. Las ruedas patinan un microsegundo sobre el adoquín pulido por el tiempo, y el chirrido se agudiza, se convierte en un lamento de acero. Es entonces cuando, en la penumbra de mi interior, surge un pensamiento intruso, negativo y cobarde: "Es imposible. No puede ser. No hay fuerza que pueda con esta pendiente. Va a ceder, a romperse, a desabarrancarse hacia atrás."

Me aferro al asiento, sintiendo cada vibración, cada sacudida que recorre la estructura del vagón. Pero el elétrico, con una terquedad que le honra, no se rinde. Encaja sus ruedas en los raíles, el motor eleva su zumbido a un clímax de potencia y, de pronto, con una determinación que aplasta toda duda, allá va. Impulsado por una fuerza que parece más mágica que mecánica, asciende a toda velocidad, desafiando la gravedad y mi escepticismo, como si conociera un secreto muy antiguo sobre la resistencia y la paciencia.

La pendiente cede. La calle se aplana y el tranvía recupera su ritmo bamboleante, triunfante. Yo sonrío, avergonzado por mi momentánea falta de fe. Me bajo en la parada junto al mirador, con el corazón aún acelerado por la pequeña hazaña. Desde allí, mientras el elétrico continúa su rumbo chirriante y se pierde calle arriba, emprendo mis pasos, mucho más lentos y serenos, hacia la fortaleza silenciosa del Castillo de San Jorge, llevándome como souvenir el sonido indomable de Lisboa.


martes, 22 de julio de 2025

La Costa Salvaje de la Infancia



La Costa Salvaje de la Infancia

El recuerdo de aquellos veranos es como el sol filtrándose entre los párpados cerrados: cálido, dorado y lleno de destellos imperfectos. La playa era nuestra, "verdaderamente" nuestra. Una lengua de arena morena y rocas desgastadas por el salitre donde los turistas eran criaturas tan raras y esporádicas como un pez luna varado. Éramos los amos de un reino sin normas, donde la única ley era el capricho del mar y la hora de volver a casa.

Lo que hoy sería una molestia insoportable, entonces era parte del ritual. Las olas, altas o bajas, solo importaban para el juego. Pero el alquitrán... ah, los pegotes negros y viscosos que el mar regurgitaba eran nuestra maldición y nuestro rito de paso. Se adherían a las piernas, a los brazos, a la ropa de baño raída, dejando el cuerpo hecho un asco, una cartografía de manchas rebeldes. Luego, en casa, llegaba el inevitable momento: el paño viejo empapado en aceite de cocina recalentado. Mamá, o la abuela, frotaban, con una mezcla de resignación y reproche, sus palabras, una regañina constante: "¡Pero mira cómo vienes! ¡Parece que te hayas revolcado en la brea!". Y antes, claro, el paso obligado por la acequia de riego al borde del camino, el agua fría corriendo sobre la piel salada para intentar llevarse lo más grueso, un bautismo inverso antes del castigo aceitoso.

Pero nada podía empañar la magia. Nuestros altares eran las rocas altas, pulidas por mil mareas. Desde allí, lanzábamos saltos malabares al agua turquesa, desafíos al vértigo que terminaban en risas y salpicaduras que sabían a sal y libertad. Y estaba el ritual absurdo, glorioso: los baños en la carbonilla que soltaba la chimenea gigante de la Azucarera. Corríamos como posesos hacia la orilla, cubiertos de un polvo negro y fino que se pegaba a la piel sudorosa, y al sumergirnos en el mar gritábamos a pleno pulmón, como un conjuro: "¡Ariel lava más blanco!". La ironía era total: salíamos del agua con la piel aún más oscura por el hollín y el sol inclemente, morenos como pequeños cangrejos, pero convencidos de nuestra limpieza radiante.

El mar nos regalaba, y nosotros aceptábamos sin quejarnos. Las "gardomas", como decían los viejos, con sus voces ásperas de sal y tabaco. Esos restos que los ponientes arrastraban hasta la orilla: cañas rotas, trozos de madera gastada, algas extrañas, plásticos raros (aun pocos entonces). No eran basura, eran tesoros, obstáculos para nuestros juegos de piratas o material para construir fortalezas efímeras en la arena.

Hasta el agua cambiaba con los caprichos de la tierra. A finales de mayo, cuando la Azucarera soltaba alegremente al mar los restos dulzones de las melazas, el milagro sucedía. El agua cristalina de abril se transformaba. Nos bañábamos en un inmenso barreño de café aguado, tibio y con un olor peculiar, dulce y terroso a la vez. No nos importaba. Hundíamos los brazos y veíamos desaparecer las manos en esa sopa ámbar, riéndonos de lo absurdo. Era "nuestro" mar, en "nuestra" fase café.

Éramos duros, felices y poco delicados. La delicadeza era un lujo que no conocíamos ni necesitábamos. Lo importante, lo único importante bajo ese sol que fundía el alquitrán y doraba la piel hasta el hueso, era la risa desgarrada, el grito salvaje al saltar desde la roca, la sensación de sal en los labios agrietados y la certeza absoluta, en ese instante eterno del verano, de ser libres e indestructibles, dueños de una playa virgen y de una felicidad hecha de cosas simples, pegajosas y saladas.

miércoles, 23 de abril de 2025

Clara y Soledad

En un pintoresco pueblo blanco de la Costa de Granada, donde los campos de caña de azúcar se extendían hasta perderse en el horizonte y el mar Mediterráneo susurraba a la orilla, vivían dos mujeres cuya vida estaba tan entrelazada con el paisaje como las olas con la playa. El castillo nazarí, en lo alto de un acantilado, observaba en silencio las vidas de los habitantes del pueblo. La antigua prisión de Yusuf III y, antes de eso, un palacio resplandeciente de los reyes de Granada, ahora se erguía como un testigo callado del paso del tiempo.

Aquel día, cuando el sol comenzaba a descender y pintaba el cielo de tonos dorados, Clara y Soledad se encontraban sentadas a la sombra de una higuera, descansando de una jornada de trabajo. Las cañas de azúcar se mecían suavemente con la brisa cálida del sur, y el sonido lejano de las olas rompía en la costa, como un eco del pasado.

Clara era la más joven de las dos, con el cabello recogido en una trenza y la piel dorada por los años de trabajo bajo el sol. Soledad, con su rostro marcado por los surcos de la vida, tenía una mirada profunda que reflejaba el mar y las montañas. Ambas compartían la misma rutina: desde temprano, trabajaban en los campos de caña de azúcar, cortando y recolectando el dulce tallo que luego venderían para producir azúcar. La vida era dura, pero el paraíso de Salobreña siempre las recompensaba con su belleza.

"Hoy el viento ha estado más suave, ¿verdad?", comentó Soledad, viendo cómo las cañas se balanceaban con gracia en el viento. "Me pregunto si el mar también siente este calor, o si él, como siempre, sigue indiferente."

Clara asintió, tocando el borde de su sombrero mientras observaba el horizonte. "El mar siempre está allí, inmenso y lejano. Pero a veces pienso que lo que más me atrae de él no es su tamaño, sino la libertad que parece tener. Yo, por ejemplo, no sé si nací para estar aquí, entre las cañas y el polvo del campo. Siempre sueño con algo diferente."

Soledad sonrió, comprendiendo las palabras de Clara, aunque sabía que esa sensación de inquietud era común en quienes nacían entre los campos y las olas. "Lo entiendo. Yo también he soñado muchas veces con huir de este lugar, caminar por las calles de Granada, perderme en sus mercados, o tal vez irme al extranjero, ver el mar desde otro rincón del mundo. Pero aquí estamos, trabajando la tierra, recogiendo lo que nos da. Y el castillo... el castillo siempre nos recuerda que, al final, siempre volvemos a lo mismo."

Clara levantó la vista hacia el imponente castillo de Salobreña, cuya silueta se alzaba sobre el pueblo como una sombra del pasado. "El castillo... Siempre me ha fascinado. Pienso que alguna vez fue un palacio lleno de lujo, pero ahora es solo una ruina. Como nosotras. Antes nos ilusionaban los sueños, pero con el tiempo se desgastan."

"Sí," dijo Soledad con una risa baja. "Ese castillo ha visto tantas cosas. Fue prisión, fue palacio, y ahora solo es un lugar para turistas. En su tiempo, seguro que fue un refugio para aquellos que vivían en la corte, pero ahora solo guarda silencio, como nosotros. La gente llega, mira, y se va."

Las dos mujeres se quedaron en silencio por un momento, mientras la brisa les acariciaba el rostro y el mar murmuraba cerca. La vida en Salobreña era simple, pero los sueños de ambas se extendían mucho más allá de la costa. Clara, joven y llena de energía, soñaba con una vida diferente, mientras que Soledad, aunque marcada por el tiempo, aún tenía la esperanza de que algún día podría escapar de la rutina.

"Clara, ¿alguna vez pensaste en irte de aquí?", preguntó Soledad con suavidad. "No digo ahora, pero algún día... Quizás, tal vez, no es tan tarde para cambiar."

Clara la miró, sorprendida. "¿Tú también piensas en irte? Pensé que, a tu edad, ya habías dejado esos sueños atrás."

Soledad suspiró. "No, no los he dejado. Pero también sé que los sueños tienen un precio. He visto a tantas mujeres que han querido irse, pero luego se quedan porque el mar las llama solo de vez en cuando, y la tierra, con sus cañas de azúcar y su sol, les ofrece lo que el mar no les puede dar: estabilidad. Aquí, por lo menos, sabemos lo que hay."

Clara asintió, pero su mente seguía atrapada en esos sueños lejanos. "Yo quiero más que estabilidad. Quiero ver algo diferente, respirar otro aire. El mar... el mar me llama, lo sé. Algún día, quiero ver esos barcos que se cruzan en el horizonte, saber qué hay más allá de la costa."

Soledad la miró con ternura. "El mar... el mar siempre será lo que nos impulsa, pero la tierra es lo que nos sostiene. Piensa en eso, Clara. Quizás el secreto es aprender a amar lo que tenemos, mientras seguimos soñando con lo que no tenemos."

Ambas mujeres se quedaron en silencio, mirando el castillo, esa sombra del pasado que parecía hablarles en su propio lenguaje de olvido. La vida en Salobreña era simple, y los sueños, aunque inalcanzables, seguían ardiendo en sus corazones.

Clara miró a Soledad y, aunque su alma ansiaba algo más, comprendió lo que su amiga le quería decir. Quizás el futuro aún estaba lleno de posibilidades, pero mientras tanto, el sol seguía su curso en el cielo de Salobreña, y la vida continuaba entre las cañas de azúcar, el mar y la sombra de un castillo que una vez fue grande, pero que nunca dejó de vigilar el paso del tiempo.

"Algún día," susurró Clara, "tal vez encuentre ese lugar al que pertenezco."

Soledad sonrió y, con una mano sobre su hombro, le dio un apretón suave. "Lo encontrarás, niña. Lo encontrarás." Y juntas, mientras el sol se ocultaba detrás de las montañas, regresaron a sus hogares, con el viento del mar en sus corazones y la promesa de un futuro incierto, pero lleno de sueños por vivir.

miércoles, 19 de agosto de 2020

19 de agosto "día mundial de la fotografía "

Hoy 19 de agosto se celebra el día mundial de la fotografía. 

Quiero rendir homenaje a aquellas personas anónimas que sin pedirle permiso capturemos su imagen, imagen que publicamos en nuestras muros. Gentes de las que desconocíamos sus vidas, sus historias, sus penas, sufrimientos  etc. Gente que hemos inmortalizado sin su permiso. 

Hoy les dedico mi cariño y admiración y les pido perdón si con la captura de su imagen las he ofendido. Gracias por esos momentos robados.

Por la satisfacción de haber plasmado "un momento robado al tiempo" . Va por todos vosotros, anónimos que quedasteis en mi lente para la posteridad.

A todos los amantes de la fotografía, a buenos amigos que conocí junto a una cámara disfrutando de eso que nos gusta, "robar momentos a tiempo".    Un recuerdo a aquellos amigos que ya no están y nos dejaron esas fotos para la posteridad.

 Un recuerdo especial a efenavarro, allá donde estés con tu cámara intentando captar el momento preciso. ¡¡¡Feliz día a todos los amantes de la fotografía!!!

Costa tropical de Granada 


Ronda


Tierras manchegas


Axarquia 

Valle de Lecrín


Alpujarra


Por el altiplano granadino


LaContraviesa

in memoriam "efenavarro" 

jueves, 23 de julio de 2020

Las tapias del cementerio

Esta es una historia real, los hechos son verídicos salvo los nombres que han sido cambiados.
 Corrían los primeros meses del año 1937. Juan un hombre humilde hijo de una viuda, agricultor y el menor de sus hermanos Los mayores  habían emigrado a Sudamérica buscando un futuro mejor. 

Solo quedaban su madre y varias hermanas  casadas y con sus familias. Juan se ocupaba de su madre, sus tierras y trabajando la hacienda familiar. 
Era un joven serio responsable y ajeno a los acontecimientos que corrían tras el golpe de Estado. Juan se casó joven, pero aún no tenía hijos, así que trabajaba para mantener a su mujer y a su madre. 
Quiso la mala fortuna, que el señorito de turno viese la oportunidad de hacerse con unas tierras que jamás quisieron venderles, tierras de las que sacaban el sustento para vivir. 

Aprovechando las circunstancias de la guerra civil (más bien el golpe contra el gobierno legítimo) no vio otra cosa mejor que acusar a Juan de asesinato (como bien, dije antes Juan era ajeno a todo el devenir de la contienda). Llegó el fatídico momento, y Juan fue detenido y trasladado a la cárcel provincial. Su madre y su esposa quedaron asombradas y tan impresionadas  de tan crueles acusaciones. 

Pasaban los días,  las semanas y todo  presagiaba un final nada esperanzador. 

Como si fuese ajeno a ello un día llego el señorito sin escrúpulos ninguno y dirigiéndose la madre de Juan le dijo. "Mira María no te preocupes que esto lo arreglamos sin problema, sabemos que tu hijo es buena persona, es inocente. Vende aquellas tierras y pagando pronto tendrás a  tu hijo en casa." 
Su madre en el afán de salvar la vida de su hijo malvendió la tierra y recaudó el dinero para salvar a su hijo. El señorito se ocupó de todo los trámites y" todo listo". 

Se presentó en casa de María y le comunico :María mañana si quieres puedes ir a por tu hijo y traerlo a casa. Aquella mañana calurosa de agosto María marcho a la capital con la esperanza de abrazar a su hijo y verle al fin libre de tan infame injusticia. 
A las puertas de la prisión provincial, en el cuerpo de guardia le comunica al guardia que venía a recoger a Juan su querido y añorado hijo, "veamos ¿Juan Rodríguez Rodríguez? sí es mi hijo respondió María" 

Aquella mujer ajena al nubarrón que se avecinaba, no era consciente de lo que se le venía encima. Señora María, le dijo con voz seca el guardia. 
Su hijo ya no está entre los vivos, fue ajusticiado hace tres días en las tapias del cementerio. 

María cayó al suelo en redondo, volviendo con el corazón roto a su hogar sin su amado hijo. La vida dejo de tener sentido para ella llevándosela a la tumba, no sin antes hacerle jurar a sus hijas que jamás vendieran al señorito, ni a sus descendientes ni un metro cuadrado de la tierra que quedaba. 
"Mucha de las fortunas de los muy patriotas y demócratas están manchadas de sangre" foto del diario Ideal de Granada