El recuerdo de aquellos veranos es como el sol filtrándose entre los párpados cerrados: cálido, dorado y lleno de destellos imperfectos. La playa era nuestra, "verdaderamente" nuestra. Una lengua de arena morena y rocas desgastadas por el salitre donde los turistas eran criaturas tan raras y esporádicas como un pez luna varado. Éramos los amos de un reino sin normas, donde la única ley era el capricho del mar y la hora de volver a casa.
Lo que hoy sería una molestia insoportable, entonces era parte del ritual. Las olas, altas o bajas, solo importaban para el juego. Pero el alquitrán... ah, los pegotes negros y viscosos que el mar regurgitaba eran nuestra maldición y nuestro rito de paso. Se adherían a las piernas, a los brazos, a la ropa de baño raída, dejando el cuerpo hecho un asco, una cartografía de manchas rebeldes. Luego, en casa, llegaba el inevitable momento: el paño viejo empapado en aceite de cocina recalentado. Mamá, o la abuela, frotaban, con una mezcla de resignación y reproche, sus palabras, una regañina constante: "¡Pero mira cómo vienes! ¡Parece que te hayas revolcado en la brea!". Y antes, claro, el paso obligado por la acequia de riego al borde del camino, el agua fría corriendo sobre la piel salada para intentar llevarse lo más grueso, un bautismo inverso antes del castigo aceitoso.
Pero nada podía empañar la magia. Nuestros altares eran las rocas altas, pulidas por mil mareas. Desde allí, lanzábamos saltos malabares al agua turquesa, desafíos al vértigo que terminaban en risas y salpicaduras que sabían a sal y libertad. Y estaba el ritual absurdo, glorioso: los baños en la carbonilla que soltaba la chimenea gigante de la Azucarera. Corríamos como posesos hacia la orilla, cubiertos de un polvo negro y fino que se pegaba a la piel sudorosa, y al sumergirnos en el mar gritábamos a pleno pulmón, como un conjuro: "¡Ariel lava más blanco!". La ironía era total: salíamos del agua con la piel aún más oscura por el hollín y el sol inclemente, morenos como pequeños cangrejos, pero convencidos de nuestra limpieza radiante.
El mar nos regalaba, y nosotros aceptábamos sin quejarnos. Las "gardomas", como decían los viejos, con sus voces ásperas de sal y tabaco. Esos restos que los ponientes arrastraban hasta la orilla: cañas rotas, trozos de madera gastada, algas extrañas, plásticos raros (aun pocos entonces). No eran basura, eran tesoros, obstáculos para nuestros juegos de piratas o material para construir fortalezas efímeras en la arena.
Hasta el agua cambiaba con los caprichos de la tierra. A finales de mayo, cuando la Azucarera soltaba alegremente al mar los restos dulzones de las melazas, el milagro sucedía. El agua cristalina de abril se transformaba. Nos bañábamos en un inmenso barreño de café aguado, tibio y con un olor peculiar, dulce y terroso a la vez. No nos importaba. Hundíamos los brazos y veíamos desaparecer las manos en esa sopa ámbar, riéndonos de lo absurdo. Era "nuestro" mar, en "nuestra" fase café.
Éramos duros, felices y poco delicados. La delicadeza era un lujo que no conocíamos ni necesitábamos. Lo importante, lo único importante bajo ese sol que fundía el alquitrán y doraba la piel hasta el hueso, era la risa desgarrada, el grito salvaje al saltar desde la roca, la sensación de sal en los labios agrietados y la certeza absoluta, en ese instante eterno del verano, de ser libres e indestructibles, dueños de una playa virgen y de una felicidad hecha de cosas simples, pegajosas y saladas.
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