Su cautiverio no era solo personal, sino un símbolo de la corrupta y volátil política de la frontera. Y fue este acto de traición lo que encendió la llama de la acción en dos de los más formidables defensores de la marca.
Don Rodrigo de la Roca, “El Martillo de la Frontera”, era un veterano de mil escaramuzas contra las razzias nazaríes. Su fe era férrea, su valor legendario y su lealtad, inquebrantable hacia la verdadera corona de Castilla. Para él, liberar a Isabela era un acto de fe y de deber, tan claro como empuñar su espada. Su plan era simple: asaltar la torre.
Frente a él, Don Felipe del Alba, “El Zorro”, era un hombre de estrategia y recursos. Conocía cada sendero, cada emboscada y cada espía en cincuenta leguas a la redonda. Sabía que la fuerza bruta de Rodrigo alertaría a todas las guarniciones y podría provocar incluso una respuesta no deseada desde Granada. Su plan era el subterfugio. Había oído leyendas sobre un antiguo acueducto moro que, desde las aguas termales de Tus —un lugar de aguas sulfurosas y vapores curativos a los pies de Moropeche—, llevaba agua hasta los baños privados del propio castillo. Una ruta invisible y olvidada.
La rivalidad entre el valor temerario y la astucia calculadora se resolvió no por romance, sino por pragmatismo de guerra. En una ermita abandonada, pactaron una tregua: la fuerza de Rodrigo distraería a la guardia en las murallas, mientras la inteligencia de Felipe explotaba el paso subterráneo.
Al caer la noche, Rodrigo y un puñado de hombres leales simularon un asalto a la puerta principal, clamando el nombre del rey de Castilla. El caos se apoderó del patio de armas. Mientras, Felipe, guiado por mapas antiguos, se sumergió en las cálidas y vaporosas aguas termales de Tus, encontrando la rejilla oxidada del conducto. Avanzó a oscuras por el túnel, saliendo sigilosamente a los sótanos del castillo.
Isabela, lejos de ser una damisela asustada, los esperaba. Había usado su cautiverio para oír, aprender y entender las debilidades de Don Jaime. "Su guardia personal es leal solo a su bolsa," susurró al ver a Felipe. "Los demás dudan."
Pero Don Jaime, alertado, les cortó el paso en la sala del trono. "¿La espada de Castilla y la rata de sus cloacas?" Escupió, blandiendo su cimitarra. "¡El emir de Granada pagará bien por vuestras cabezas!"
La batalla fue breve pero feroz. Rodrigo, con su pesada armadura y estilo cristiano, bloqueó los golpes mortales. Felipe, ágil y con una daga, se movió para encontrar los puntos débiles de la cota de malla del tirano. Juntos, como la espada y el escudo de la Reconquista, lo derribaron.
Antes de que pudieran respirar, el retumbar de caballos acorazados resonó en el patio. No eran refuerzos de Granada, sino una columna de jinetes con capuces blancos sobre sus armaduras y la cruz florada de Calatrava en sus pectorales. La Orden de Calatrava, guardianes supremos de aquella frontera, había sido alertada por los rumores de la traición de D
on Jaime y se dirigía al Torreón de Moropeche para asegurarlo. El humo y el ruido de la batalla los habían desviado a Yeste.
on Jaime y se dirigía al Torreón de Moropeche para asegurarlo. El humo y el ruido de la batalla los habían desviado a Yeste.
El Maestre de la Orden, un hombre severo, de mirada penetrante, contempló la escena: el tirano derrotado y la legítima heredera Isabela, de pie, empuñando la espada del traidor. No hubo duda. Los caballeros desenvainaron sus espadas y las alzaron frente a ella, un gesto de reconocimiento y lealtad. La frontera necesitaba un líder fuerte y legítimo.
Isabela, con la autoridad renacida, alzó la voz. "Caballeros de Calatrava. Vuestra llegada es providencial. Este castillo y el Torreón de Moropeche vuelven al redil de Castilla. Que desde hoy, estas tierras no se rijan por la traición, sino por el honor."
Así, la leyenda de Isabela de Yeste comenzó. No como una dama rescatada, sino como la Señora de la Frontera, que gobernó con el consejo de sus dos caballeros y la espada fiel de la Orden de Calatrava, asegurando la marca contra el reino de Granada desde las almenas de Yeste y la atalaya de Moropeche, siempre vigilante.


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