"O elétrico"
El alma de Lisboa tiene un sonido particular: el chirrido metálico y silbante de sus elétricos. Para mí, ningún viaje a la ciudad está completo sin rendirle pleitesía, subiéndome a uno de estos carruajes amarillos que serpentean por la capital como reliquias alegres y testarudas.
Hoy, con un olor a café recién hecho y a pasta de hojaldre de pastel aún impregnado en el paladar, me acomodo en un banco de madera del tranvía 28. El vehículo cruje y se queja, anunciando su partida con un campanilleo que es pura nostalgia. Por la ventana abierta, el paisaje urbano comienza a desfilar: las fachadas decadentes de colores desvaídos, la ropa tendida como banderas de vida cotidiana y, de fondo, la imponente silueta del puente 25 de Abril, que en un guiño transatlántico me hace evocar inevitablemente a San Francisco.
Pero es al adentrarnos en las entrañas de Alfama cuando el paseo se transforma en proeza. El tranvía, con un gruñido de esfuerzo, se enfrenta a una cuesta empinada y empedrada que parece desafiar toda ley de la física. Las ruedas patinan un microsegundo sobre el adoquín pulido por el tiempo, y el chirrido se agudiza, se convierte en un lamento de acero. Es entonces cuando, en la penumbra de mi interior, surge un pensamiento intruso, negativo y cobarde: "Es imposible. No puede ser. No hay fuerza que pueda con esta pendiente. Va a ceder, a romperse, a desabarrancarse hacia atrás."
Me aferro al asiento, sintiendo cada vibración, cada sacudida que recorre la estructura del vagón. Pero el elétrico, con una terquedad que le honra, no se rinde. Encaja sus ruedas en los raíles, el motor eleva su zumbido a un clímax de potencia y, de pronto, con una determinación que aplasta toda duda, allá va. Impulsado por una fuerza que parece más mágica que mecánica, asciende a toda velocidad, desafiando la gravedad y mi escepticismo, como si conociera un secreto muy antiguo sobre la resistencia y la paciencia.
La pendiente cede. La calle se aplana y el tranvía recupera su ritmo bamboleante, triunfante. Yo sonrío, avergonzado por mi momentánea falta de fe. Me bajo en la parada junto al mirador, con el corazón aún acelerado por la pequeña hazaña. Desde allí, mientras el elétrico continúa su rumbo chirriante y se pierde calle arriba, emprendo mis pasos, mucho más lentos y serenos, hacia la fortaleza silenciosa del Castillo de San Jorge, llevándome como souvenir el sonido indomable de Lisboa.


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